m.
viernes, 6 de mayo de 2011
Sin burbuja
Me pasa por las venas esa sensación de mundo perdido. De repente me encuentro con los hombros cansados de soportar tanta desilusión, conmigo misma. Nunca sé si las decisiones que tomo son las correctas, deberían ser las correctas... o quizás no, quizás para variar me estoy equivocando. Llevo soportando demasiado, sin ser capaz de soltar los ladrillos impregnados en mi espalda, y mis pies vacilan, vacilan al punto de no saber si tendrán la fuerza de seguir avanzando. Y otra vez me encuentro aquí, digo aquí por decir algo, podría decir allí o en cualquier rincón olvidado, pues no sé dónde estoy ni cuánto tiempo me queda en este vacío lugar.
jueves, 5 de mayo de 2011
¿Y si te quedas esta vez?
Deseaba escuchar un poco más de ti, deseaba que me arrancaran los ojos para no tener que presenciar el momento en que te marchabas. Deseaba mucho, pero sabía que mi cuerpo no iba a conseguir ni siquiera la mitad de lo que a gritos pedía mi alma. Quizás podía intentarlo, pero no lo hice... no lo hice porque el nudo que quedaba en mi garganta cada vez que te alejabas de mí no me permitía abrazarte con todas mis fuerzas. Era inútil pedirte que te quedaras porque yo misma sabía que no podías hacerlo, o quizás sí. Entonces mientras te apretaba fuerte la mano, comencé a pensar en voz alta sin darme cuenta. "Imagínate que solo por esta vez te quedas y no tenemos que dar explicaciones a nadie, y no importa el tiempo que pase mientras tengamos el calor de nuestros cuerpos. Y no importa lo que dirán mañana sino que ahora estemos aquí. No quiero que tomes ese tren, que te alejes ni un solo centímetro de mí, aunque sea sólo por hoy". En el momento que pronuncié la última palabra noté que me mirabas atolondrado por lo que había dicho. "¿De nuevo pensé en voz alta?" Sonreíste. Supongo que a esa hora ya me había vuelto loca, pero nadie entendería las ganas que tenía de llenarme de ti. Y no soportaba aquél agujero, ese que quedaba cada vez que el otro se marchaba. Era una de esas pruebas de alto riesgo para ver si eramos capaces de aguantar, y por mucho tiempo creí que no lo íbamos a lograr, pero estaba equivocada... De pronto una voz de niña desvalida me salió y te dije "Quédate conmigo, aunque sea sólo por esta noche".
m.
El escritor y sus padres
Cuando tenía quince años, le dije a mi madre:
-He descubierto mi vocación: quiero ser escritor.
-Hijo mío -respondió ella, con aire triste -tu padre es ingeniero. Es un hombre lógico, razonable, con una visión precisa del mundo. ¿Tú sabes lo que es ser un escritor?
-Alguien que escribe libros.
-Tu tío Haroldo, que es médico, también escribe libros, y ya publicó algunos. Sigue la facultad de ingeniería y tendrás tiempo para escribir en tus momentos libres.
-No, mamá. Yo quiero ser solamente escritor. No un ingeniero que escribe libros.
-¿Pero tú ya has conocido a algún escritor? ¿Alguna vez viste a algún escritor?
-Nunca. Sólo en fotografías.
-Entonces, ¿cómo quieres ser escritor sin saber bien lo que es eso?
Para poder responder a mi madre resolví hacer una pesquisa. Y he aquí lo que descubrí sobre lo que era ser un escritor en el inicio de la década de los sesenta:
Un escritor siempre usa lentes, y no se peina bien. Pasa la mitad de su tiempo con rabia de todo, y la otra mitad deprimido. Vive en bares, discutiendo con otros escritores, también con lentes y despeinados. Habla difícil. Tiene siempre ideas fantásticas sobre su próxima novela y detesta la que acabó de publicar.
Un escritor tiene el deber y la obligación de jamás ser comprendido por su generación -o nunca llegará a ser considerado un genio, pues está convencido de que nació en una época en la que la mediocridad impera-. Un escritor siempre hace varias revisiones y alteraciones en cada frase que escribe. El vocabulario de un hombre común está compuesto por 3.000 palabras; un verdadero escritor jamás las utiliza, ya que existen otras 189.000 en el diccionario, y él no es un hombre común.
Solamente otros escritores comprenden lo que un escritor quiere decir. Aún así, él detesta secretamente a los otros escritores, ya que están disputando las mismas plazas que la historia de la literatura deja a lo largo de los siglos. Entonces, el escritor y sus pares disputan el trofeo del libro más complicado: será considerado el mejor aquel que consiguió ser el más difícil.
Un escritor entiende de temas cuyos nombres asustan: semiótica, epistemología, neoconcretismo. Cuando desea impresionar a alguien dice cosas como “Einstein es burro” o “Tolstoi es un payaso de la burguesía”. Todos se escandalizan, pero comienzan a repetir a otros que la teoría de la relatividad es errónea y que Tolstoi defendía a los aristócratas rusos.
Un escritor, para seducir a una mujer, dice: “Soy escritor”, y escribe un poema en una servilleta: funciona siempre.
A causa de su vasta cultura, un escritor siempre consigue empleo como crítico literario. Es en este momento cuando él muestra su generosidad, escribiendo sobre los libros de sus amigos. La mitad de la crítica está compuesta por citas de autores extranjeros; la otra mitad son los tales análisis de frases, siempre empleando términos como “el corte epistemológico” o “la visión integrada en un eje correspondiente”. Quien lee la crítica comenta: “¡Qué hombre tan culto!”. Y no compra el libro, porque no sabrá cómo continuar la lectura cuando aparezca el corte epistemológico.
Un escritor, cuando es convidado a comentar lo que está leyendo en aquel momento, siempre cita un libro del que nadie oyó hablar.
Solo existe un libro que despierta la admiración unánime del escritor y sus pares: Ulises, de James Joyce. El escritor nunca habla mal de este libro, pero cuando alguien le pregunta de qué trata, nunca consigue explicarlo bien, dejando dudas sobre si realmente lo leyó. Es un absurdo que Ulises jamás sea reeditado, ya que todos los escritores lo citan como obra maestra; tal vez sea la estupidez de los editores, dejando pasar la oportunidad de ganar mucho dinero con un libro que todo el mundo leyó y a todo el mundo gustó.
Provisto de todas estas informaciones, volví a mi madre y le expliqué exactamente lo que era un escritor. Se quedó un poco sorprendida.
-Es más fácil ser ingeniero -dijo. -Además, tú no usas lentes.
Pero yo ya iba despeinado, con mi paquete de Gauloises en el bolsillo, una pieza de teatro debajo del brazo (Límites de la resistencia que, para mi alegría, el crítico Yan Michalski definió como “el espectáculo más loco que jamás vi”), estudiando a Hegel y decidido a leer Ulises de cualquier manera. Hasta el día en que apareció Raúl Seixas, me retiró de la búsqueda de la inmortalidad y me colocó de nuevo en el camino de las personas comunes.
Paulo Coelho.
sábado, 2 de abril de 2011
Quiero que sepas
Y aunque el tiempo nos convierta en nada. Quiero que sepas que apenas me despierto a mi cabeza le viene tu imagen, que hay días en que me estremezco solo al pensar en ti. Quiero que sepas que la primera vez que me besaste, algo dentro de mí me dijo que no sería la última vez. Quiero que sepas que cuando te veo dejo de creer en casi todo lo lógico, pues no hay lógica en que los minutos contigo se pasen volando. Debes saber que cada vez que te vas deseo que se me ocurra la excusa perfecta para que te quedes un rato más, pero las ideas siempre me abandonan. También espero que tengas una mínima idea de lo extremadamente mamona que me vuelvo cuando te tengo. Y de lo que es hablar de un dolor sin sentido, ese que queda cuando debo soltarte la mano. Y sé que me dolerá algún día, ese día te dedicaré palabras con sentido. Y quizás el tiempo nos haga dejar de mirarnos, y las palabras fluirán de mi boca a otros oídos, pasando por ti sin dejarte huella. Quizás pase todo eso, pero quiero que sepas que un día me desperté y pensé que si algo se le parecía a eso tan utópico, que es el amor, era esto. Debía ser esto. Quiero que sepas también que en una noche como la de hoy, olvidé el tiempo y sólo pensé en tu piel.
m.
Él y yo
Nos conocimos por el camino, nos topamos, nos encontramos cuando él estaba a una escala de ser feliz y yo que ya era del todo feliz, lo encontré cuando estaba a punto de caer. Polos opuestos, dos maneras de ver la vida que en sí no coincidían en nada, pero que juntas podían cambiar algo. Creo que los dos supimos desde un principio que aquella historia nos daría para mucho. Cuando nos conocimos él estaba a punto de hablar con suspiros de la felicidad, su rutina cambió en nada. Al principio me gustaba pensar que yo era ese algo que le faltaba en la vida, ese algo que haría que se diera cuenta de que no había vivido tanto hasta ese momento. Y me lo agradecería, pensaba ¿Qué más puede pedir? Si sé hablar de los temas que a nadie le importa, a nadie menos a él, sé encontrar la manera perfecta para que los domingos no fueran aburridos, sé encontrar el lado bueno de las clases de filosofía, sé manejar sentimientos como quien maneja un lápiz casi sin tinta. ¿Qué más podía pedir? Me consideraba una adolescente casi perfecta dentro de lo normal, las demás eran aburridas y aunque fueran más guapas siempre serían más huecas.
No recuerdo la primera vez que lloré por él, o por culpa de ella mejor dicho. Lloré porque me sentí pequeña, aún teniendo todas esas cualidades, aún creyéndome especial casi siempre, me sentí pequeña porque ella parecía conocerle y yo no. Y tuve miedo a nunca poder conocerle del todo. Ella conocía lo peor de él y quería lo mejor. Yo sabía su nombre, conocía su voz a la perfección, y estaba totalmente loca por sus ojos. Intenté apartarme de su camino, pensando que quizás ella también tenía esas cualidades que tenía yo y encima me superaba en algo, debía superarme, necesitaba que me superara en lo que fuera, sino no encontraba ningún sentido. Cuando me aparté, ni siquiera se dio cuenta y poco después me estaba pidiendo que le acompañara en un sueño. Antes de conocerle ya sabía que cambiaba los sueños, pero jamás pensé que fuera capaz de cambiar el mío. Dudé que fuera capaz de hacerme creer en aquel sentimiento, no me gusta decir su nombre, da mala suerte. Pero tuve que recordarlo cuando me vino a la mente una frase de algún escritor olvidado, no me acuerdo de su nombre, nadie se acordará del mío tampoco, la frase decía algo así “hay personas que creen no merecer el amor, se suelen dirigir hacía los espacios vacíos, para así tapar las brechas del pasado”. Me dolió que fuera tan cierta y que quizás no tuviera el valor de decirle nunca que conocía todo eso de él, y aún más, que deseaba conocerle mejor. No quería morir y que en mi epitafio pusieran “fue una cobarde a la hora de amar”, y esa sí que me caía como anillo en el dedo. Él estaba roto en pedazos, y yo esperaba cualquier momento para acercarme a él y decirle que quizás le faltaba algún trozo que sólo yo podía tener. Pero en la vida muy pocas veces había tenido este valor, y solía estrellarme casi siempre.
El final de todo esto quizás alguna vez lo cuente. Imaginen que quizás fui capaz de acercarme a él y decirle todas estas tonterías, o que quizás fueron mis letras quienes le hicieron darse cuenta de todo lo que decía, imaginen que quizás vivimos unos meses perfectos, o parecidos a lo que suelen llamar perfección. Imaginen que quizás nos entendíamos bien y supo domarme hasta el punto de dejar de ser una mimada. Imaginen quizás que conmigo se recompuso y que sin cambiar su manera de pensar cambiamos una pequeña parte del mundo. Imaginen que quizás esta historia aún sigue, imaginen que dejé de ser la cobarde que no sabía amar.
m.
viernes, 1 de abril de 2011
Lo que vi cuando cerré los ojos
Desorden.
Olvidar, no escuchar.
Convertirme en una actriz perdida.
Nada de dramas, nada de crisis.
Aparecer en el sauce de mis ocho años,
o en el parque koke jugando con las hojas.
Entendiendo poco.
Una vida nueva.
Sin recuerdos.
Con recuerdos.
El sol que atonta los sentidos,
mis palabras sin sentido.
Ese atardecer en Punta de Lobos,
Olvidar, no escuchar.
Convertirme en una actriz perdida.
Nada de dramas, nada de crisis.
Aparecer en el sauce de mis ocho años,
o en el parque koke jugando con las hojas.
Entendiendo poco.
Una vida nueva.
Sin recuerdos.
Con recuerdos.
El sol que atonta los sentidos,
mis palabras sin sentido.
Ese atardecer en Punta de Lobos,
con el hermoso cactus lila.
El olor a jazmín en el balcón de mi abuelo.
Escúchame aunque no entiendas lo que digo.
Escúchame por si muero en la madrugada.
Escúchame,
para que me puedas recordar cuando desaparezca en la mañana.
Escúchame por si muero en la madrugada.
Escúchame,
para que me puedas recordar cuando desaparezca en la mañana.
m.
lunes, 21 de marzo de 2011
Rescátame
Tengo unos deseos interminables de ser rescatada. Que me saquen de todo esto, de mi rutina habitual. Que me eleven, bajen al infierno y me vuelvan a subir. Y es que mis manos suelen sentirse agotadas y más aún, vacías. Y no puedo evitar parecerme a la cabra chica desesperada de mi niñez. La que cree estar sola y acompañada está. Nunca he estado sin nadie a mi lado, mas suelo sentir ese vago sentimiento de cuando dejas tus vicios, esa resaca que te recuerda que la gotera sigue ahí, sin ser tapada. Sé que todo esto suena a sufrimiento constante, y no es eso lo que pasa por mi cabeza, simplemente quiero ser rescatada, una vez más. Como todas las veces que alguien ha intentado hacerlo con fallida respuesta. Creo sentir, por primera vez, que vale la pena que me encuentren. Estoy dispuesta a mostrarme.
m.
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